El lavarse las manos con agua, (obras propias) como lo hizo Pilato, es un vivo retrato de la religión muerta.
Escucha, pues, amado, ¡las manos limpias! No será suficiente a menos que se tenga un corazón puro. Podríamos lavar la copa y el plato por fuera el tiempo que quisiéramos. Sin embargo, recuerda que si tu interior es sucio, por ende lo es lo interno.
Me pregunto, - ¿existe un ser humano, (hablo a los creyentes) limpio de manos y puro de corazón por las obras externas que apetece y que sacian su religión? ¡Por supuesto que no! (–“¡Espero seas libre de tan terrible tragedia que se ha promulgado a los 4 puntos cardenales en la iglesia moderna!”).
Aquel que ha sido influenciado por la imposición de sus acciones y su conducta para alcanzar y formar parte del Salmo 24: 3. -En realidad, no ha obedecido a Dios, y como resultado de este nefasto estado en el que cotidianamente vive, se ha conformado a una costumbre y conveniencia que son meramente incitadas por el humanismo.
¡Bendito sea Dios! que el cristiano ha sido totalmente liberado de alcanzar unas manos limpias y un corazón puro. Él que edifico la casa y sostiene el fundamento de esta, los ha llamado por gracia para recibir este preciado galardón. ¡Quien no querrá residir en la mansión para apropiarse de las verdades bíblicas y no de las tradiciones y huecas sutilezas en las cuales los creyentes se han enfrascado para deteriorar y desconocer lo que ya Dios nos ha dado!
El limpio de manos y puro de corazón por gracia; se puede llevar ante un tribunal para testificar y no mentir. Podrías entregar un tesoro incalculable para guardarse y no lo hurtaría. Incluso, podrías confiarle los secretos más profundos e intereses de tu familia y jamás te traicionaría. Pero, ¿Por qué sucedería esto? Sencillamente porque es un creyente que ha sido lavado de manos y su corazón ha sido purificado por la vida de Jesús y por ende conoce el principio de integridad y de verdad; ¡Residen en su seno! Me atrevo a decir que es meramente tan digno de confianza a medio día como a media noche, no porque su reputación o interés lo exige; no porque los ojos que le rodean en su contorno estén fijos en él, sino porque el amor de Dios forma parte de su ser.
La santidad que se vive y se práctica es una marca autentica y genuina de la vida de nuestro Señor Jesucristo por medio de nosotros y no de Nosotros Mismos.
Director Ejecutivo
Gerardo Vázquez
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