Mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza, porque fiel es el que prometió.
Hebreos 10:23
Hace unos años mi hija Gloria Abigaíl enfermó. Gloria y yo la vimos tan mal, que decidimos llevarla al hospital. Después de revisarla el doctor, nos dijo que tenía una infección estomacal muy fuerte. Nos recetó varios medicamentos y ese mismo día pudo salir del hospital.
Recuerdo que me puse de acuerdo con Gloria para yo cuidarla durante las mañanas. Al día siguiente la diarrea continuaba, (no tanto como el día anterior) y al ver cómo estaba rozada por tanta evacuación, decidí quitarle el pañal para que se sintiera más cómoda, más fresca.
Con una pequeña blusita en su cuerpo, me dirigí hacia la oficina de mi casa y comencé a besarla y a decirle cuánto la amaba. En ese tiempo Gloria Abigaíl tenía aproximadamente un año. ¿Has jugado alguna vez con tus hijos donde las palabras no son la fuente de la comunicación? Ese era mi caso.
Mi hija sonreía de una manera espontánea mientras yo la aventaba en el aire. Por supuesto, yo también sonreía con ella. Estuve jugando de esa manera durante unos minutos y el bello lenguaje del amor fluía a través de nuestras sonrisas.
Decidí sentarla en mis piernas, y seguí diciéndole lo importante que era para mí. Ella me tomaba de la mano, como si tratara de comunicarme todo lo que estaba sintiendo.
Había un ambiente único, precioso, cuando de repente mi hija cometió un pecado muy grave. ¡Fue un pecado de pañal! Literalmente sentí como mi pierna se empapaba de toda la diarrea que fluía de la niña más guapa del planeta tierra. Al ver lo acontecido, yo hice lo que todos los padres de familia están acostumbrados a hacer: la tomé de la mano, y la estremecí con todas mis fuerzas diciéndole: ― ¡Incircuncisa, filistea, pagana, sucia, hija de la mañana! ¿Cómo te atreves a evacuar sobre de mí? ¿Qué no ves que estamos jugando? ¿Por qué echas a perder este buen tiempo? Eres una niña infiel.
Seguí estremeciéndola con todas mis fuerzas y le dije: ―En este momento serás arrojada al lago de fuego donde están todos los niños diarreicos. Finalice mi oración diciéndole: Todo esto te acontezca en el nombre de Jesucristo.
¿Tú crees que yo hice todas esas cosas con mi hija? ¡Claro que no! Cuando observé lo sucedido, (creo que debería de decir: "cuando olí lo sucedido") yo no la lastimé. Recuerdo que le dije mientras ella lloraba: -no te preocupes hija, Lo primero que papá hará, será llevarte al baño para limpiarte. Esta vez fui profeta sabio, le puse un pañal y el día siguió su curso.
Cuando tú vas caminando por la vida cristiana y de repente fallas, Dios no está con un martillo dispuesto a clavarte en las paredes de la condenación. Él ni siquiera está dispuesto a señalar tus errores y tus defectos. ¡Dios no está en el negocio de condenarte! ¡Dios está en el negocio de restaurarte!
Atentamente
Director Ejecutivo
Gerardo Vázquez
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